
El verano es, para muchas familias, una invitación a pasar más tiempo juntos. A veces con ganas, otras veces con cansancio, porque la vida adulta continúa y con ella nuestras obligaciones. Pero casi siempre nos trae más momentos compartidos.
Precisamente ese tiempo puede convertirse en una poderosa oportunidad para cuidar el vínculo, fortalecer la relación y reparar, si es necesario, esos pequeños o grandes desajustes acumulados durante el curso.
Donald Winnicott decía que la función del adulto es estar disponible: no invadir ni ausentarse, sino sostener desde la presencia. Simplemente estar. Acompañar sin prisas, nombrar lo que ocurre y, en ocasiones, simplemente hacer espacio para que suceda.
Ese acompañamiento no necesita grandes explicaciones ni fórmulas perfectas, sino que construye confianza cuando se realiza con coherencia y ternura.
Desde los enfoques respetuosos sabemos que el vínculo es el principal factor protector del desarrollo emocional. Y que niñas y niños no necesitan adultos perfectos, sino adultos suficientemente presentes. Estar presentes no significa estar al 100% —eso no existe, ni es deseable para promover su autonomía—, sino estar emocionalmente disponibles.
A veces creemos que debemos llenar el tiempo con planes, actividades o recursos constantemente. Y no es necesario. Muchas veces basta con estar ahí, acompañar el juego, observar sin intervenir. Dar presencia sin demanda.
Este tipo de acompañamiento reduce el estrés, activa los sistemas de calma y crea un entorno seguro. Como afirma la neurociencia afectiva (Siegel, 2012), la regulación emocional infantil depende en gran medida de la disponibilidad emocional del adulto.
Estar sin prisas, sin pantallas, sin instrucciones. Solo estar.
🌙Un ejemplo: bañarse juntos en la piscina o el mar, disfrutando únicamente del momento compartido.
“Cuando estamos presentes, ofrecemos a nuestros hijos la sensación de que son vistos, están a salvo, calmados y seguros.”
— Daniel J. Siegel
No se necesita un gran espacio. Una cesta con materiales sensoriales (arena mágica, plastilina, agua, piedras suaves, pañuelos o música relajante) puede bastar para que niños y niñas exploren sus emociones con libertad.
Esto favorece la autorregulación, la integración sensorial y el juego espontáneo, ofreciendo alternativas saludables frente a la sobreestimulación digital o la frustración.
Explorar con los sentidos calma el cuerpo y la mente.
🌙Un ejemplo: mezclar harina con agua para hacer figuritas o preparar galletas caseras amasando juntos. En la imagen, el Bote de la Calma, un recurso para hacer en casa y utilizarlo para poder calmarnos.
El juego no es solo ocio. Es expresión, lenguaje y memoria emocional. A través del juego simbólico (cocinitas, muñecos, construcciones, historias inventadas), los niños representan lo que sienten y piensan internamente.
Una caja con muñecos, marionetas, cartas o peluches puede convertirse en espejo de su mundo interior.
Jugando me cuento, me ordeno, me entiendo.
🌙Un ejemplo: recortad imágenes o palabras de revistas, elegid algunas al azar y construid una historia juntos.
Regar plantas, preparar la merienda o elegir el cuento de la noche. Los rituales sencillos fortalecen el vínculo y la sensación de pertenencia.
Tú formas parte de esto. Tu presencia importa.
🌙 Un ejemplo: preparad juntos una macedonia de frutas. La implicación multiplica la conexión… y el apetito.
“Veo que estás triste”, “entiendo que te haya molestado”, “estoy aquí si quieres hablar”. Nombrar sin juzgar es un regalo emocional inmenso.
Como recuerda Daniel J. Siegel, “lo que se nombra, se doma”. Poner palabras a lo que sentimos reduce la intensidad emocional y favorece la comprensión interna.
Nombrar con respeto sana y fortalece vínculos.
🌙Un ejemplo: antes de dormir, compartid qué fue lo mejor del día. Cerrad con gratitud cambia positivamente el estado emocional.
El verano propicia conectar y fortalecer vínculos. No por la cantidad de actividades, sino por la calidad de los encuentros.
Acompañar desde el respeto, desde la crianza respetuosa, implica ofrecer tiempo, presencia y mirada. Compartir espacios y actividades cotidianas. Y eso, aunque parezca pequeño, tiene un enorme impacto en el desarrollo emocional de niños y niñas.
¿Aplicarías algunas de estas actividades para acompañar con consciencia este verano?
¿Te gustaría acompañar ese vínculo de forma más consciente?
💬 Te leemos, puedes dejarnos tu comentario, nos encantará saber qué opinas de las propuestas, leemos todo lo que compartís con atención y cuidado.
📬 Y si sientes que necesitas apoyo para entender lo que está pasando en casa y acompañarlo con más calma y claridad, puedes ver cómo trabajamos con las familias aquí:
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