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Mon Psicología

Por qué me cuesta tomar decisiones: qué puede haber detrás de la indecisión

Tomar decisiones no siempre es tan sencillo como elegir entre una opción y otra. A veces, incluso cuando algo parece tener sentido sobre el papel, aparece un bloqueo difícil de explicar.

Le damos vueltas, pedimos opinión, intentamos anticipar las consecuencias y, cuanto más pensamos, menos claro parece todo.

La indecisión puede ser muy frustrante, sobre todo porque desde fuera parece que “solo” habría que elegir. Pero muchas veces no habla de falta de capacidad, ni de inmadurez, ni de no saber pensar con claridad.

A menudo señala que hay algo importante moviéndose por dentro: miedo a equivocarse, a arrepentirse, a decepcionar, a perder algo valioso o a no poder sostener lo que venga después.

Cuando una decisión toca algo sensible, y muchas veces lo hace, el problema no está en no saber qué hacer, sino en todo lo que se activa emocionalmente al intentar elegir entre una u otra opción.

Para Carl Rogers, una de las figuras centrales de la psicoterapia humanista, la experiencia interna no debería quedarse fuera de la escucha. Y no se trata de decidir de forma impulsiva, sino de recordar que lo que sentimos, vivimos y percibimos también aporta información. A veces, precisamente esa parte es la que más cuesta escuchar.

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La indecisión no significa que dudes de lo que quieres

Existe la idea de que, si una persona no consigue decidir, es porque en el fondo no sabe lo que quiere. Pero no siempre es así.

Suele haber cierta intuición sobre qué camino tomar, y al mismo tiempo mucho miedo ante lo que implica esa elección.

Porque elegir también implica renunciar. Dejar fuera otras posibilidades, aceptar la incertidumbre de no tener garantías en la elección y asumir que, incluso una buena decisión, puede tener un coste.

Por ejemplo, una persona puede saber que necesita poner distancia en una relación, cambiar de trabajo o plantear un límite familiar, y aun así quedarse bloqueada. No porque le falte criterio, seguramente lo que ha decidido no sea impulsivo, sino porque dar el paso implica afrontar culpa, pérdida, incertidumbre o el temor a cómo reaccionarán los demás, a qué cambiará.

Hay decisiones que no se encallan por falta de claridad, sino porque esa claridad convive con emociones muy incómodas.

Vista desde ahí, la indecisión deja de ser un defecto y empieza a convertirse en una señal a la que prestar atención. Porque la función de las emociones es aportar información. Aunque nos incomode.

Cuando decidir se convierte en un examen interno

El miedo suele ocupar mucho espacio cuando cuesta decidir. Miedo a equivocarse, a hacer daño, a no estar a la altura o a descubrir que la opción elegida no era tan segura como parecía.

Para muchas personas, equivocarse no se vive como algo natural o reparable, sino como una amenaza. Puede estar asociado a experiencias previas de crítica, exigencia o vergüenza, donde el error tuvo un coste emocional importante.

Cuando esto ocurre, decidir se convierte casi en un examen interno.

Ya no se busca solo una opción, sino la opción correcta: la que no genere conflicto, la que nadie cuestione, la que no duela, la que no obligue a asumir demasiadas consecuencias.

Y esa exigencia suele paralizar más de lo que ayuda.

La vida rara vez ofrece decisiones completamente limpias. Muchas veces elegimos con información incompleta, con emociones mezcladas y con cierta incertidumbre.

Eso no significa que estemos decidiendo mal. Significa que estamos decidiendo en condiciones humanas.

La parálisis como protección 

Aunque resulte agotadora, la indecisión puede tener una función protectora. Durante un tiempo, quedarse en pausa puede dar cierta sensación de control:

 – Mientras no decido, no renuncio del todo.

 – Mientras no elijo, no me expongo del todo.

 – Mientras no avanzo, no tengo que hacerme cargo todavía de lo que venga después.

Esto no significa que quedarse en el bloqueo sea una solución, ni que haya que permanecer ahí. Pero sí ayuda entender que, a veces, la parálisis intenta protegernos de lo que creemos un malestar mayor.

Una parte de la persona puede estar intentando evitar sufrir, fallar, perder algo importante, repetir algo que ya dolió o afrontar una consecuencia que siente demasiado grande.

Por eso, presionarnos con frases como “decídete ya” o “no le des tantas vueltas” no suele ayudar demasiado. Puede aumentar la culpa, la ansiedad y la sensación de incapacidad.

A veces necesitamos acercarnos a esa parte indecisa con menos juicio y más curiosidad.

 

💬 Pregúntate con curiosidad

¿De qué intenta protegerme este bloqueo?

¿Qué temo que ocurra si elijo?

¿Qué necesitaría para sentir un poco más de seguridad? 

El cuerpo también participa

No decidimos solo con la cabeza. El cuerpo también participa, aunque muchas veces no le prestemos atención.

Al imaginar una opción, puede aparecer apertura, alivio, una respiración más amplia o una sensación de coherencia.

Ante otra, quizá aparece tensión, cierre, presión en el pecho, un nudo en el estómago o un cansancio repentino.

Esto no significa que el cuerpo tenga siempre “la respuesta”, ni que debamos decidir solo desde una sensación. Las sensaciones también pueden estar influidas por el miedo, el estrés, el cansancio o experiencias previas.

Pero el cuerpo aporta información.

Eugene Gendlin, creador del Focusing, hablaba de la importancia de atender a esa sensación corporal global que aparece antes de poder ponerla del todo en palabras.

A veces el cuerpo no da una respuesta cerrada, pero sí muestra por dónde algo se tensa, se abre, se bloquea o necesita más cuidado.

En una decisión importante no se trata de elegir entre razón o emoción. Se trata de integrar todo el mapa: qué pienso, qué siento, qué necesito, qué temo y qué puedo sostener.

Darse permiso para elegir

Muchas veces, la dificultad para tomar decisiones no tiene que ver solo con la decisión concreta, sino con el permiso interno para tomarla. Y la lista puede ser extensa:

Permiso para priorizarse.
Permiso para cambiar de opinión.
Permiso para decepcionar sin sentir que se está haciendo algo malo.
Permiso para equivocarse.Mujer escribiendo en su cuaderno, expresión del proceso de narrarse y encontrar sentido a lo vivido.
Permiso para elegir algo que no todo el mundo entienda.

Cuando una persona ha aprendido a adaptarse mucho, a complacer, a evitar conflictos o a mirar antes las necesidades de los demás que las propias, decidir puede remover mucho.

Porque, en esos casos, no solo se mira la decisión desde dentro. Muchas veces la mirada se va hacia fuera: qué pensarán, cómo reaccionarán, a quién puede molestar, qué se espera de mí. Y, en ese movimiento, la persona puede terminar olvidándose de sí misma.

Elegir algo propio puede sentirse egoísta, aunque no lo sea. Poner un límite puede sentirse agresivo, aunque sea necesario. Cambiar de dirección puede sentirse como fallar, aunque sea una forma de cuidarse.

Quizá esto resulte familiar. Porque muchas veces no se trata solo de elegir, sino de tolerar lo que esa elección mueve por dentro y también alrededor.

Por eso, algunas decisiones no siempre se desbloquean pensando más y más. Pueden empezar a desbloquearse cuando podemos mirar con honestidad qué nos impide darnos permiso.

No solo el permiso para elegir y elegirnos, sino también el permiso para sostener lo que esa elección mueva.

Y ¿cómo sé si estoy tomando una buena decisión?

La decisión perfecta casi nunca existe. Existe la decisión posible. La decisión suficientemente clara. La decisión más honesta con el momento actual.

Mujer mirando por la ventana en un momento de reflexión sobre la dificultad para tomar decisiones.
 

 

Quizá no se trata de encontrar “la mejor” decisión, sino la que puedo tomar hoy con lo que soy, con lo que sé y con lo que tengo.

Una decisión que quizá no elimina todos los miedos, pero sí se siente más coherente con lo que necesito y con lo que puedo sostener.

Tomar decisiones no siempre significa alcanzar una certeza absoluta. A veces significa poder dar un paso con una claridad suficiente, sin dejarse fuera, sin exigirse hacerlo perfecto y sin pelearse con la duda antes de escuchar qué viene a contar.

En el próximo artículo veremos cómo empezar a ordenar una decisión cuando ya hemos podido mirar qué puede haber detrás del bloqueo. Después de escuchar la parte emocional y corporal, abriremos también espacio para ordenar la parte más pensante de la decisión.

✨Si algo de esto te resuena, la terapia puede ser un espacio para mirar con más calma qué se activa cuando tienes que elegir, qué emociones pesan más y qué necesitas para poder decidir sin dejarte fuera.

Puedes consultar las opciones de acompañamiento disponibles:

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